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DaniloAlberoVergara 11/22/2023 7:11:34 AM
DaniloAlberoVergara
Maridadas y esposados
Danilo Albero Vergara Escritor argentino
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Literatura latinoamericana, ensayos literarios, relatos, literatura hispanoamericana
 

Vi en un programa cultural televisivo la entrevista a un actor y dramaturgo, que perpetró una serie de contundentes atentados verbales al pudor. La secuencia de solecismos fue abrumadora y, antes de cambiar de canal, registré su muletilla: “audicionar”, verbo conjugado en presente, pasado y futuro. Quienes asistan a una obra del dramaturgo de marras deberán tener presente el adagio latino caveat emptor (el comprador debe cuidarse o asumir el riego).

Me acuden otros esperpentos o asesinatos cotidianos a las reglas de la gramática y lingüística; cuando alguien copia a otro sus ideas, se dice, sin atisbo de contrición: “fulano se copió”, así copiar ha sido transformado en verbo pronominal como “se arrepintió o se peinó”; obvio comentarios, porque he escuchado en un programa radial a un locutor que leía noticias de la sección policiales de un diario; la crónica hablaba de una persona que “se suicidó a sí misma”.

¿Cuál es la diferencia entre una negación y una “negación categórica”?; ¿es posible una “negación incategórica”? Sin embargo, cuando intentan separarse o tomar distancia de un escándalo, todo tipo de personalidades, sus portavoces “niegan categóricamente”. Así como, de acudir a una obra del actor/dramaturgo, los espectadores deben tener en cuenta caveat emptor, al escuchar estas declaraciones es necesario acudir a una variante: caveat locutor (cuidarse del locutor o vocero). Porque, además, abundan “olvidos involuntarios” y los “absolutamente perfectos” -perfecto es el grado superlativo de un acto o creación-. Así, suelen “repetir dos veces” o “repetir más de una vez”; son quienes tienen un “don innato”, pleonasmo de manual -don, además de regalo, es habilidad o gracia especial.

Así vemos a políticos y artistas que tienen “una caída vertical” en popularidad, otro tanto pasa con programas de televisión y el rating. Ya que hablo de políticos, en momentos de nuestra realidad, tienen su plan de emergencia, porque la “prioridad principal es ante todo…”.

Esto es un pequeño detalle; cada vez que un gobernante asume concluye en que planes y promesas declamados durante la campaña no son viables, porque “resultó verdadero” que era otra la realidad, no obstante la “base fundamental” de su plataforma política se mantiene firme.

Cuando era chico, mamás abuelas y maestras aconsejaban escuchar radio y leer diarios “para aprender a hablar y escribir bien”. Hoy por hoy, no lo creo recomendable, salvo programas de música clásica, que los niños escuchen radio, vean cualquier programa de televisión, o lean periódicos con fines didácticos. Periodistas radiales de seriedad profesional reconocida abundan en “me importa tres carajos” o “me chupa un huevo”, locutores y locutoras abusan de la coprolalia o un lenguaje cargado de alusiones sexuales, explícitas. No pretendo ser moralista ni censor, sino reflexionar, al decir de Martín Fierro: “No pinta quien tiene ganas / Sino quien sabe pintar”.

Estas reflexiones surgieron de la lectura de un artículo que leí hace unos días en la revista cultural española Jot Down, “Palabras mayores y otras menores en el Quijote”, donde Cervantes empleó más de veinte mil palabras y un ciudadano normal no llega a la cuarta parte de este vocabulario, creo que algunas personalidades menos.

Escuchamos que en boca de nuestro caballero andante abundan los hijos de puta, insulto por excelencia en nuestro idioma, tanto en sentido denigratorio como halagüeño, a veces precedido con el tratamiento de respeto “don” o “señor”. Tenemos así “don villano” o “señor ladrón”.

A su vez “señor” -estas reflexiones con la guía señera de la RAE-, tratamiento de respeto que se antepone a los nombres de pila, mutó en “seor” y “seó” hasta llegar a “so”, usado, cuando yo era niño, para potenciar con sentido despectivo el significado del adjetivo o del sustantivo al que antecede; la última vez que lo escuché fue en boca de suboficiales durante el servicio militar para tratar a reclutas que no asimilaban ni incorporaban formas de comportamiento castrense: “so civilaco”, “so pelotudo”.

Sin embargo, el Caballero de la Triste Figura no omite comentarios de connotación genital o escatológicos; cuando escuchó a su escudero hablar en contra de su señora Dulcinea, lo golpeó con su lanza recriminándole de: “ponerme la mano en la horcajadura”, en palabras de nuestros locutores radiales: “tocarle los huevos”. Cervantes tampoco escapa a un lugar común de los periodistas radiofónicos que cuando comentan cómo se demoran sentados en el inodoro viendo sus celulares. En el incidente de los batanes Don Quijote y Sancho, pensando que eran gigantes, esperan toda la noche que aclare; el caballero montado en Rocinante, Sancho, de pie, tiembla de miedo abrazado a una de sus piernas. Envueltos en la oscuridad, siente un llamado de la naturaleza, se baja los pantalones y nuestro caballero observa que, sin dudas, su miedo es atroz, porque: “se huele a la distancia y no precisamente a ámbar”.

Aromas semejantes envuelven a Leopold Bloom, al final del capítulo cuarto del Ulysses. Sentado en un retrete, leyendo una revista, defecando con cuidado por sus hemorroides, aspira efluvios fecales -pasaje que escandalizó a Virginia Woolf y a Roberto Arlt- y, para limpiarse, utiliza un trozo de la revista. Leopold Bloom no tenía presente el pasaje y consejo de Gargantúa y Pantagruel, cuando el primero le contesta a su padre Grandgousier de sus experiencias probando distintas maneras de limpiarse el culo, para concluir: “quien el culo se limpia con papeles, de la mierda dejará caireles”.

De resultas, las palabras pueden tener distintas relaciones afectivas, las hay amigas, amigas con derechos y enemigas.

Con algunos ripios semánticos, que cultores del lenguaje inclusivo no han percibido, vaya uno: de marido, deriva maridar y de esposa esposar. Maridado es estar casado; esposado, preso. Ciertamente Cervantes y James Joyce le habrían encontrado la solución. Porque el Manco de Lepanto no lo era, sufrió en esa batalla una herida provocada por la bala de arcabuz que le seccionó algunos tendones de la mano izquierda y quedó gafo. Y Joyce tenía serios problemas con su vista. Un gafo y un cuasi tuerto. Pero con el cerebro, erudición y talento intactos.

 

 

 

 


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